Nace
en Reus (Tarragona) el 24 de marzo de 1815, en la noche del Jueves al Viernes
Santo. Al día siguiente le imponen en la pila bautismal los nombres de Rosa
Francisca María de los Dolores. En casa la llamarán Dolores o con el
diminutivo catalán de Doloretes. Es la pequeña de cinco hermanos. Sus padres -
José Molas y María Vallvé -, han formado un hogar reciamente cristiano, donde
la vida de fe se conjuga con la honradez y el trabajo personal.
Entre este
hogar y la escuela transcurre su niñez y adolescencia. Primero en un colegio de
señoritas y después en la acreditada Escuela de Don Mariano Rius y Vall-llebrera. A los dieciséis años siente la llamada de Dios: quiere
"consagrarse totalmente al Señor y al consuelo y alivio del
necesitado". La negativa paterna le obliga a esperar.
El 6 de enero de
1841 ingresa en la Corporación de Caridad de Reus, donde permanece por espacio
de dieciséis años hasta que, en 1857, viendo la anómala situación en que se
halla su Corporación, da el paso de la fundación de las Hermanas de Nuestra
Señora de la Consolación.
Abre diecisiete casas, entre hospitales, centros
de beneficencia y colegios, en La Plana de Castellón y el Campo de Tarragona.
El 11 de junio de 1876, festividad de la Santísima Trinidad, muere en Tortosa
con fama de santidad. Y el 11 de diciembre de 1988 es canonizada por Juan Pablo
II.
¿Cómo era Mª Rosa Molas?
Quienes la trataron señalan el talento con que Dios la dotó. Ya de niña, se distinguió entre sus compañeras de colegio por su aplicación y talento, por su "preclaro y vasto ingenio". De mayor la califican de "entendimiento clarísimo", de "madurez y juicio", de "talento aventajado y grandes dotes de gobierno".
Tuvo una cultural general buena, en su época, para una mujer. Sacó en 1852 el título de maestra en la Normal de Tarragona. Podemos medir, a juzgar por los exámenes para la obtención del título, lo que aprendió en los libros, pero no todo lo que profundizó en la gran escuela de la vida: el hogar, la convivencia con las Hermanas, el contacto con los hombres que sufren y con las alumnas, lo que captó a través de su mirada observadora, lo que le enseñó Dios en el silencio de la
oración.
María Rosa no es escritora. Es mujer de acción y no de pluma, pero cuando escribe, su expresión es directa, sobria en palabras -como buena catalana- y con una sintaxis que la delata como persona decidida, entera, que sabe lo que quiere y lo manifiesta sin rodeos- En sus cartas deja traslucir una alma serena, un criterio equilibrado que conjuga, en algunos momentos, con una gran fuerza de
expresión.
Posee, además, una buena intuición psicológica, una enorme habilidad para relacionar y comprender situaciones y un gran sentido común. Es mujer observadora y de sentido práctico. Conjuga la recta independencia de criterio con esa agilidad mental, prerrogativa de pocos, para saberse plegar a lo que es mejor y supera su propio
criterio.
Hay en María Rosa unidad interior, unidad de propósito y de ideal, de constancia y de acción que orientan su vida. Su actuación exterior -pensamos en ella como educadora- es el desarrollo natural y sobrenatural de unos principios internos, de unos valores sobrenaturales y de un carisma especial. A ellos subordinará
todo.
Destaca en ella una inquebrantable firmeza de voluntad -encarnación del "seny" catalán-, una integridad poco común y un dominio de sí misma. Ejerce influencia y tiene prestigio. Su fibra temperamental, plenamente encajable entre la fortaleza y la ternura. Alienta y anima. Infunde veneración y confianza. Intuye, comprende, se entrega, Tiene un gran corazón que está enamorado de Dios -"para Ella sobre todo es Dios"- y enamorada del hombre, en quien ve "al mismo Jesucristo". Mujer y madre. Rasgos claros y equilibrio justo. Todo un carácter. Una mujer y santa así podía ser la educadora ideal. Podía ser y lo fue.